sábado 25 de febrero de 2012

23 de noviembre de 2010

Está a punto de amanecer, me despierto en aquel páramo perdido de la mano de dios. No estoy sola, David está a mi lado, sentado en la arena observándome. Me pregunto cuánto tiempo lleva así...

-Es más seguro no quedarse solo. Le pedí a Adrián que no te llevara de vuelta. Me apetecía hablar contigo, que aún no hemos tenido la ocasión.
-Yo... Siento mucho lo que te he hecho. Tu padre estaba tan dolido...
-¿Conociste a mi padre? Bueno... Supongo que aquella etapa terminó. Cuando Belinda me encontró y me trajo a la casa, me enfadé mucho con mi suerte por haber sido tan cruel conmigo. Pero luego agradecí a los cielos el haberme dado otra oportunidad para ser feliz.
-¡Oh, vamos! No digas tonterías, con lo joven que eras... Era normal tu sufrimiento, esas cosas se pasan.
-De igual forma, nada puede cambiar el pasado. Volvamos, que va a salir el sol.
-No puede hacernos daño.
-A mí no.
-Ni a mí, no digas tonterías.
-Bueno. Adrián no te comentó nada al respecto, parece... -David se levanta y emprende la marcha de vuelta, a paso ligero, unos pasos invisibles al ojo mortal, pero relajados para nuestros pies.
-¿Qué tengo que saber?
-Aquella cosa que te atacó... Bueno, no eres la primera, y a los demás que han sobrevivido a él...
-¿Qué? Me estás poniendo nerviosa...
-Bueno, no es letal, pero les hace perder energía a una velocidad multiplicada por diez. Es como una enfermedad. Supongo que tendrá que ver con el hecho de que nadie le ha visto atacar antes de la puesta del sol.

O sea, que estoy enferma.

-¿Tú crees que no puede vivir a plena luz del día?
-De hecho, Adrián está convencido. Es una ventaja para nosotros, al menos para los más jóvenes, que sólo somos poderosos bajo la protección de la luna...

Llegamos a una enorme casa en mitad del campo, de fachada blanca y grandes balcones. Creo que estamos en casa. No tuve ocasión de verla cuando salimos en masa anoche. Nos acomodamos en el salón en un enorme sillón de cuero junto a una chimenea, que da un aire muy acogedor a este nuevo hogar. Retomo la conversación:

-¿Cómo llegaste aquí?
-Bueno, el principio creo que ya lo conoces. Después de aquella noche me desperté en la madrugada, al cobijo de la oscuridad. El dolor había desaparecido, pero mi corazón se llenó de dudas y vagos recuerdos. Te vi a ti, y recordé el momento más terrorífico de mi vida: cuando sentía que la muerte venía en mi busca. No podía discernir la realidad de la fantasía, pero eché a correr, lejos, muy lejos. Me perdí, y me senté en un camino a llorar. Un señor mayor me vio y acudió en mi ayuda, se preocupó por si me había ocurrido algo, pero en cuanto se me acercó no sé cómo, acabó muriendo en mis brazos sobre un manto de sangre.

«Seguía sin entender lo que me pasaba, de modo que allí lo dejé y seguí corriendo. No sabía hacia donde me llevaban mis pies. Bueno, parece que ellos sólo eran el vehículo, pero era mi corazón el que los guiaba. Primero quiso desaparecer del mundo, alejándose de cuanto conocía, hasta que comprendió que era una tarea imposible
y lo llevaron de vuelta al barrio. Salió el sol y entraba yo en casa. Me tumbé en la cama a llorar. No había nadie, así que mejor, me ahorraba las explicaciones.

«Pasé unas horas durmiendo. Pero las pesadillas me despertaban continuamente empapado en sudor. Mi piel estaba fría, y mis ojos ardían. No podían parar de derramar lágrimas. Por la tarde oí la puerta y a mis padres entrando a casa, mientras gritaban mi nombre con la esperanza de que hubiera vuelto. Me levanté, y fui hacia ellos con pesadez en los pies. Mi madre me abrazó y me cosió a besos de alegría por ver que estaba entero y que nada le había pasado a su hijito, mientras mi viejo despotricaba y gritaba sobre mi mala educación y qué habrían hecho mal para que me largara de esa manera sin decir nada. Decía que les había dado un susto de muerte, que había pasado el peor momento de toda su vida, y que me iba a castigar sin salir y sin videoconsola. Me enervaba cada vez más, y mi madre trataba de tranquilizarlo, sin dejar de abrazarme. Olía tan bien, su piel era tan suave... ¿Sabías que a los vampiros nos cuesta más esfuerzo resistirnos a la tentación de la sangre cuando la víctima está excitada? Sea por miedo, angustia o pasión, cuanto más rápido y fuerte late su corazón, más sangre corre por sus venas en ese momento y más nos abre el instinto depredador. Es por eso que siempre jugamos con la comida, de una forma u otra.

«En fin, que me desvío del tema. A mi madre le latía el corazón con demasiada intensidad, causada por el miedo a perderme, la alegría de encontrarme, y el enfado por la crueldad de mi padre. Cuando la última lágrima cayó de mis ojos sobre su piel, mis colmillos se hincaron en su cuello inmóvil, con una mueca de dolor en su boca pero sin emitir ni una sola voz. Parecía hechizada, y mi padre contempló todo horrorizado. Yo también me asusté por lo que acababa de hacer, y fui tras él mientras corría y amenazaba con llamar a la policía. Quise evitarlo cogiéndole del brazo y tirando de él hacia mí, pero no fui capaz de controlar mi fuerza y lo estrellé contra una pared.
«Tengo una laguna en mi cabeza, lo siguiente que recuerdo son un montón de sirenas azules y hombres de uniforme entrando en mi casa y llevándome con ellos. Miré hacia atrás y vi los cadáveres sangrantes de mis dos padres yaciendo en el suelo, y el dolor me quemó los intestinos. Sentía ganas de vomitar, de volver atrás y deshacer aquel entuerto. Pero no fue posible. Me metieron entre rejas y me ingresaron en un centro psiquiátrico. El juez creyó que no estaba en mi sano juicio y por eso no me llevó a un corrector de menores.

«Allí me intentaban drogar para tenerme más tranquilo. Me encerraron en una habitación aislada del resto. Pasaron los días, y aunque me daban de comer, mi cuerpo estaba cada vez más débil, más pálido y más frío. Me volvía loco por momentos, llegando a pensar que todo había sido un mal sueño, y que aquellos médicos me iban a curar y a devolver una vida decente. Pero no fue así. Tras dos semanas allí metido el latido de mi corazón era tan tenue, que solo era perceptible a mis oídos sobrehumanos. Me dieron por muerto y me llevaron a la morgue.

«No iban a investigar el motivo de mi supuesta defunción, eso al hospital no le importaba, ya que nadie iba a pedir explicaciones. Me prepararon para mi entierro en una fosa común, que daría lugar al día siguiente. Yo estaba tan débil que era incapaz de moverme, pero no de oír y ver. Y maldita la hora en que me hiciste esto, porque fui testigo de mi propia violación, repetida un par de veces, por un auxiliar del hospital demasiado sádico. Me la metió por detrás varias veces, y el muy loco veía cómo mi cara se retorcía del asco, pero creía que era causa de lo colocado que iba. A la tercera vez, introdujo su dedo en mi boca para jugar con mi lengua, y se pinchó con uno de mis afilados colmillos. En el mismo instante en que la primera gota de sangre tocó el fondo de mi gargante, recibí las fuerzas suficientes para cerrar mis mandíbulas fuerte y arrancarle el dedo. Me miró a los ojos acojonado, mientras se agarraba la mano y empezaba a gritar de pavor, y mis pies se levantaron de aquella mesa y sostuvieron mi peso lo suficiente para caer encima de él. Lo devoré salvajemente y salí corriendo.

«De camino a la salida, me topé con dos enfermeros más que, bloqueados por el pánico, fueron presas tremendamente fáciles. Al cruzar la puerta de personal del hospital para salir fuera, vi aparecer en la oscuridad a Adrián y a Eva. No sabía quiénes eran, así que intenté huir, pero me dieron caza. Por suerte, lejos de mis temores, me dedicaron palabras agradables, que apaciguaron mi estado de ánimo, y me trajeron aquí. Desde entonces me he unido a ellos para encontrar a otros vampiros desamparados como yo, y a rescatar a aquéllos que están siendo aniquilados. No salgo con ellos a buscar a la gran bestia devoradora de inmortales, porque aún soy joven y no me lo permiten, pero entreno a fondo mis habilidades para luchar al lado de mis salvadores.

«Ahora que ya conoces mi historia, espero me perdones y comprendas cuando te diga que aunque te respeto como mi creadora y como una hermana, te odio en lo más profundo de mi alma y siento un gran rencor hacia ti.

Terminada esta historia, de veras que me quedo sin palabras. Soy la culpable de tanto dolor... David se levanta de su asiento y se retira, y yo me quedo dormida sumida en mis pensamientos.

Adrián me despierta al caer la tarde para ir de caza. Dice que tengo que comer, aunque el muchacho me ha quitado el apetito. Nos pasamos la noche paseando a la luz de la luna después de habernos servidos de un par de presos en una cárcel cercana, sin decir una sola palabra, sólo andando, disfrutando de su compañía. Me hace sentir tan segura a su lado... Antes de salir el sol, volvemos a casa y me meto en la cama a dormir.

miércoles 22 de febrero de 2012

22 de noviembre de 2010

-Despierta, Bella Durmiente.
-¿Qu..?
-Remolona... Hay mucho trabajo para hoy. Espabílate.

Abro los ojos y está Adrián tumbado a mi lado jugueteando con mi pelo entre sus dedos. Se levanta, y me acerca algo de ropa. Se gira para que me vista, mientras me cuenta los planes para hoy.

-He perdido a otro de los nuestros. Vamos a ir a buscarlo al último lugar donde lo sentí.
-No entiendo nada...
-Ay, sí, perdona. Verás: todo vampiro tiene una ligera conexión telepática con sus conversiones, con los que ha creado él mismo. Este nexo suele ser algo muy ligero e imperceptible, que aumenta a medida que pasan los años, y se extiende a todas las generaciones posteriores. En otras palabras: todos los inmortales que hay en 900 km a la redonda venís de un padre en común: yo.
-¿Y dices que has perdido a uno de nosotros?
-He dejado de sentirlo, de escucharlo. Ha sido atacado por el mismo que te lo hizo a ti. Cuanta más prisa nos demos, más posibilidades de encontrarlo.
-¿Va a ser... peligroso?
-Jajaja. ¿Acaso tienes miedo? Venga, aprisa, sígueme.

Salimos de la habitación y bajamos unas escaleras. Al fin de ésta hay todo un ejército de lo que supongo que son todos como yo. Por lo menos setenta vampiros, todos impresionantes cada cual a su manera. Varios rostros me son conocidos ya: Eva, Belinda, David, ¿Héctor y Gorka? ¿están vivos? Me sonríen, y emprendemos la marcha.

Fuera ya está anocheciendo, y al mirar atrás veo una oleada de ojos que brillan y alumbran el camino. Una imagen aterradora. Adrián adelanta el paso hasta ponerse en cabeza, pero mi temor me hace permanecer en el centro de la multitud, en una situación, según percibo, más protectora. Héctor se me acerca para decirme que se alegra de que vuelva a estar entre los vivos, y el ritmo de la procesión aumenta hasta niveles sobrehumanos. Echamos todos a correr, y según termina de ponerse el sol los que van delante se empiezan a transformar en todo tipo de animales voladores: un manto de murciélagos, pájaros, moscas, abejas y polvo cubre los cielos, y esta magia se contagia hacia atrás hasta invadirnos a todos.

Volamos hacia el cielo, cada vez más alto, por encima de las nubes. Mis mariposas aportan el toque de color que esta espeluznante imagen necesita para alcanzar su máximo de belleza. Mi mente se abstrae, es imposible pensar, tan relajante, tan abstracto...

Descendemos el vuelo, hasta llegar a una explanada. La tierra está revuelta, y hay algo de sangre dispersa. Adrián se materializa el tiempo suficiente para dar sus órdenes:
-Hace quince minutos estaban aquí. Hay que ir abriéndose en círculo y no dejar zona sin inspeccionar. Adelante.

Emprendemos el vuelo de nuevo, a dos menos del suelo, y vamos avanzando en busca de pistas. Cada vez hay menos compañeros a mi lado, hasta que acabo yo sola ocupando una extensión de quinientos metros yo sola. No sabría bien cómo describir mis percepciones. Soy capaz de ver y oír cuanto abarca mi envergadura. Pero ni rastro de lo que sea que busco. Cuando cada uno de mis insectos ya no da de sí lo suficiente, bajo hasta el suelo y me fusiono con él. Ya no vuelo, sólo crezco y crezco, mimetizada con el terreno, como una sombra que se opone a la luz del sol.

De repente, siento una llamada. No la oigo, ni la veo. Sólo la siento en mi alma, y acudo presta hasta el origen, donde todos los compañeros se materializan y se apiñan alrededor de algo. Un agudo chillido, como una bestia herida de muerte, protagoniza la escena, y algo que no logro distinguir pero cuya sola presencia hace que toda mi piel se estremezca se hunde bajo nuestros pies dentro de la tierra. Un vampiro mayor, delgado pero fuerte, lo imita rápidamente y lo persigue, y puedo notar el movimiento justo debajo de mí. Un instante de silencio y el suelo se arremolina a pocos pasos de donde estamos. El compañero sale primero, tirando de algo (o alguien) con la mano. Un hombre inconsciente y con mal aspecto, que al parecer ha tenido suerte de que lo encontremos, yace ahora junto a su salvador.

Adrián se le acerca, se acuclilla a su lado, y lo acoge entre sus brazos. Los recuerdos de la pesadilla que sufrí cuando la víctima fui yo me atormentan demasiado ahora. No llego a comprender la magnitud de todo lo que está ocurriendo y me desmayo.

martes 21 de febrero de 2012

21 de noviembre de 2010

-¡Vaya! Parece que has despertado... -una voz femenina y sensual que penetra en mis oídos como afilados cuchillos. Me duele la cabeza.

Tras varios intentos fallidos de emitir alguna palabra coherente, opto por callarme y centrarme en abrir los ojos. Estoy tendida en una cama de matrimonio con sábanas de seda roja y almohada de plumón blanca. Miro a mi alrededor y todo es bastante confuso, pero me parece distinguir a un par de figuras femeninas que me miran enternecidas y me traen una jarra llena de sangre.

-Toma, bébete esto, te hará sentir mejor.

Agarro la jarra con mis manos temblorosas de miedo, pego un pequeño sorbo que me cuesta dios y ayuda tragar, y vuelvo a mirar el entorno que me rodea. Es una habitación grande, con unas cortinas oscuras y una enorme puerta de madera que parece muy pesada. Dos sillones a los lados de la cama, y una mesita de noche con una pequeña lámpara que me alumbra con una luz blanca cegadora.

-Termínatelo -insiste la mujer.

Obedezco, y gracias a ello logro sentirme mucho mejor. Siento cómo mis mejillas se llenan de color y calidez, y cómo mi corazón late de nuevo como nunca lo había hecho. Miles de dudas me inundan.

-¿Cuánto tiempo llevo dormida?
-Tres días -responde la otra chica, que hasta ahora había permanecido en silencio.
-Mi madre... Tiene que estar preocupada. ¡Necesito llamarla!
-Durmiendo llevas tres días, pero más de un año has estado muerta.

Sus palabras me acongojan y me confunden, ¿no se supone que ya estaba muerta?

-Ahora tienes que descansar, ya habrá tiempo para explicaciones.

Dicho esto, las dos salen por la puerta, la dejan entornada y se alejan sus pasos perdiéndose en un interminable paseo. Me levanto de la cama, y bajo la ventana hay una pila de periódicos. No sé si quiero saber lo que llevan escrito, pero dicen que la curiosidad mató al gato, así que agarro uno y lo miro. Las letras son un poco borrosas al principio, pero poco a poco se van aclarando, al tiempo que mi cerebro comienza a estar más activo y mis sentidos más agudos. No veo nada importante en portada, y comienzo a pasar páginas sin rigor alguno. De hecho, no sé qué estoy buscando, si es que busco algo. Llegando casi al final, me topo con un titular subrayado en rojo: "Cesa la búsqueda de la desaparecida de Fuenlabrada. Se celebrará su funeral a finales de esta semana". Sigo cotilleando los siguientes diarios, y en todos hay alguna noticia destacada. No siempre son en referencia a mí; a veces hacen alusión a gente que muere sin saberse la causa, a desaparecidos sin dejar rastro, incendios devastadores, profanaciones de tumbas... Tanta información me hace perder el sentido y caigo redonda al suelo.

Unas cálidas manos acariciando mi barbilla me devuelven el sentido. De nuevo en la cama, esta vez la compañía es masculina. Es un chico muy joven, alto, de ojos verdes y penetrantes, y nariz afilada. No emite ninguna palabra, sólo se limita a mecerme entre sus brazos, moviendo los labios como si estuviera rezando.

Un chaval cuya cara me resulta familiar irrumpe en la habitación, algo alterado:
-Señor, han llegado los rastreadores que salieron el mes pasado y ni huella han encontrado de Clara. -Tras soltar esto, se percata de mi presencia, y sus ojos se anclan a los míos con aire de esperanza -Hola, madre.

¡Eso es! Sabía que lo conocía. Es el chico del lago, aquél al que devolví la vida después de arrebatársela. ¿Por qué está aquí? Y esa Clara... ¿Será MI Clara?

-Déjanos solos, David, creo que es hora de contarle qué está pasando aquí -su voz autoritaria me impone cierto respeto. David obecede antes incluso de que el "Señor" termine de pronunciar sus palabras.

Tras una pausa en la que no sé si es oportuno interrogarle, decido quedarme callada. Un silencio incómodo a la vez que agradable. Me siento agusto a su lado, pero a la vez me inquieta toda esta situación. No tarda mucho en interrumpir la escena con una breve risa.

-Me llamo Adrián.
-Yo... yo Débora, bueno, Debbie.
-Ya lo sé...
-¿Qué eres?
-Un inmortal, como tú. Bueno, un poco más viejo.
-¿Cuánto más?
-No lo recuerdo... Pero eso da igual.
-¿Y las chicas de antes? ¿Y el chaval? ¿Todos son...?
-Y aún has visto poco, querida.
-¿Hay más? -no sé por qué estoy tan sorprendida.
-Jajaja. Las damas de antes son Belinda y Eva. Y al chico ya lo conocías.
-Entonces, ¿le salvé la vida?
-No exactamente. Se la arrebataste, y condenaste su alma. O eso dicen los más ancianos. Pero ellos no están en este país siquiera, así que disfruta de tu eternidad mientras te dure.
-¿Mientras me dure? ¿Es que puedo perderla?
-No se ha demostrado aún, pero toquemos madera. De momento, tu última experiencia ha sido lo más parecido que tendrás de la muerte definitiva. Si no te hubiéramos encontrado...
-¿Qué habría pasado?
-Bueno, cuando abrimos la caja en la que te enterraron, tu cuerpo empezaba a descomponerse. Menos mal que te conservabas bien y pudiste metabolizar el elixir que te brindamos.
-¿Elixir?
-Bueno, yo prefiero llamar así a la sangre. Es nuestro elixir de la vida eterna.
-Entonces, es cierto... Estaba muerta.
-Más que nunca. Ese cabrón se nos ha escapado ya demasiadas veces.
-¿El que me atacó? ¿Él también era como nosotros?
-Hay quien dice que es un anciano que se rebeló contra nuestro modo de vida y nos quiere aniquilar; otros piensan que es el mismo Satanás que sube al mundo desde el mismo Infierno para arrebatarnos la inmortalidad. Sea como fuere, él vive a costa de sangre eterna, de vampiros, y muchos de los nuestros hace tiempo que desaparecieron y no volvimos a saber nada de ellos.

Un escalofrío recorre mi espalda de abajo arriba. El miedo a saber que hay alguien, o algo, más aterrador que yo misma me obliga a recostarme sobre el confortante lecho. Adrián acerca su cara suavemente hacia la mía, rozando con sus labios la piel de mi frente.

-Ahora, descansa, ya has tenido bastante por hoy. Mañana podrás conocer al resto de la familia.

Dicho esto, se escurre tras la puerta sin apenas tocar el suelo con los pies, inmóviles y relajados. El sueño se apodera de mí y vuelvo a perder el sentido.

lunes 20 de febrero de 2012

18 de noviembre de 2010

-Reacciona, chica. ¿Puedes oírme? ¡Mirad! ¡Parece que abre los ojos!

No veo más que un montón de nubes borrosas con ojos brillantes. Un sabor familiar en mi boca me hace sentir cada vez más viva. Mi cabeza se inunda de dudas, no acabo de entender nada. ¿Cuánto tiempo llevo dormida? Son tantas las cosas que quiero decir en voz alta... Pero mis labios son incapaces de articular palabra alguna. Me vuelvo a quedar dormida.

22 de septiembre de 2009

Sábado por la mañana. Hace bastante calor, y el sol me aturulla la cabeza. Me despierto con la sensación de que el último mes de mi vida ha sido tan sólo un sueño. Mis recuerdos más recientes son confusos, pero un dolor en la mano me devuelve a la realidad, una realidad que a veces me hace desear no haber nacido, para acabar convirtiéndome en lo que soy.

¿Por qué ahora este sentimiento de culpa? ¿Estoy siendo manipulada por alguien, o simplemente el pasado cercano empieza a carecer de sentido y prima en mí la cordura? Me refrescaré la cara con agua bien fría para despejar las ideas. Lleno el lavabo hasta arriba, le pongo media bolsa de hielos y sumerjo la cabeza dentro. Siento que mis pensamientos comienzan a discurrir más despacio, el dolor se acalla, la paz vuelve a mi alma, y los sentimientos oscuros se desvanecen. El corazón me late cada vez más y más lento, más y más débil. Pierdo la noción del tiempo, hasta que las voces de mamá mientras aporrea la puerta atraviesan mis oídos hasta penetrar en lo más profundo de mi consciencia, alzo la cabeza y ahora puedo entender lo que despotrica. ¡Está loca! No llevo aquí dentro ni dos minutos, ¿cómo voy a llevar dos horas? Ésta mujer se ha fumado algo... Me miro al espejo mientras quito el tapón del lavabo y me seco la cara con una toalla; una cara pálida, con los labios azulados y la piel arrugada, que poco a poco va recobrando su aspecto natural.

Me estiro todo lo largo de mi cuerpo en el sofá y me percato de la hora. El ser consciente del largo rato que pasé adormilada bajo el agua, me devuelve a mis antiguos pensamientos y me hace ser aún más consciente que nunca de mi propia naturaleza.

Enciendo la televisión. No echan más que basura en cada uno de los muchos canales que tenemos contratados, hasta que doy con las noticia diarias en una de las cadenas. Por lo visto, hay una epidemia en Madrid que se ha cobrado la vida misteriosamente de demasiadas personas en los últimos días. No se sabe qué tipo de enfermedad será, que hace que las víctimas se desangren por completo disfrutando así de la muerte más dulce y cálida de todas las posibles, pero no por ello menos trágica para sus allegados.

De verdad, yo no recuerdo ser responsable de tantos casos. ¿Acaso habré perdido por completo la voluntariedad y consciencia de todos mis actos? No, no puede ser... Incluso al principio de esta historia era capaz de recordar en sueños todas mis atrocidades. Aquí debe de haber algo más, algo que desconozco, algo gordo... Algo que probablemente no quiero llegar nunca a conocer, porque hasta para mí es escalofriante la idea de que el mundo pueda quedar dominado por más seres como yo.

El asunto podría ser peligroso, así que de momento intentaré pasar desapercibida allá donde vaya. Me visto con ropas anchas y zapatillas medio rotas, me despeino el pelo y me maquillo unas pequeñas ojeras bajo los párpados de abajo, para volver a parecer una chica normal con una vida normal.

Salgo a dar un paseo, mientras observo con ojo científico a cada persona con la que me cruzo. Quién sabe cuánta gente como yo hay en el mundo. Nada saco en claro. Anochece, ceno, y comienzo el retorno a casa. Siento unos pasos tras de mí, y echo a correr. Quien sea que me sigue apresura sus pasos, y por más rápido que yo vaya, él siempre va un paso tras de mí. "¡Basta de juegos!" una voz en mi cerebro, una voz desconocida hasta ahora. Unos brazos fuertes y fríos como el hielo me sujetan con una fuerza sobrehumana, y yo me siento cada vez más y más débil. A punto de perder el conocimiento, siento una profunda quemazón en mi cuello, me mareo más y más, mis piernas ya no pueden sostener mi peso, y mis músculos parecen derretirse en los brazos de esta bestia. Se me cierran los ojos.

Recobro parcialmente el conocimiento. No puedo moverme, y está demasiado oscuro. Intento gritar pero mi voz se ahoga en mi garganta antes de poder ser siquiera escuchada por mis oídos. No sé dónde estoy ni qué es de mí, pero tampoco tardo en volver a desfallecer. Me siento morir, si es que soy capaz de hacerlo, hasta que dejo de ser consciente de mi cuerpo y de mi mente. Dulce sueño, que me libera de este dolor y este sentimiento de impotencia extrema...

lunes 1 de febrero de 2010

21 de septiembre de 2009

Suena el despertador, es el primer día de clase... Después de pasar el último fin de semana de vacaciones saliendo de fiesta y bebiendo sin parar (todos sabemos que no hablo de alcohol), hoy toca ponerse las pilas.

Me ducho, me visto, meto las cosas en la mochila... Todo listo, me dirijo al metro. A estas horas de la mañana veo el mundo de otro color. Recién amanecido, no llega a ser de día, pero tampoco me cobija la oscuridad de la noche. Apenas hay gente por la calle, y me siento ligera y poderosa aún. Antes de lo pensado ya he llegado a la estación.

Más de 20 minutos de viaje sentada frente a un cristal que conduce a ninguna parte, cada vez que lo miro veo a la yo que siempre quise ser, recordando cómo solía ser antes. A mitad de camino el tren está demasiado lleno, y las voces en mi cabeza son insoportables. Dinero, amor, sexo, salud, alcohol... Los humanos siempre piensan en lo mismo. Saco el mp3 y lo pongo a todo a todo volumen. Esto los callará un poco.

Ya por fin llego a Parque Oeste, y me dirijo a la que será mi clase durante este curso. Las mismas caras de siempre, cada vez más insignificantes para mí. Los unos, porque nunca nos hemos llevado bien; los otros, porque directamente no tengo trato con ellos... Siento una gran superioridad al saber que cuando todos ellos mueran yo seguiré teniendo 20 años. Sólo lo lamento por unos cuantos, pero el sentimiento es menos intenso de lo que habría esperado de mi etapa mortal.

Presentaciones, asignaturas nuevas, y bla, bla, bla... Nada especialmente reseñable, salvo la posibilidad de hacer prácticas en equipos universitarios que no descarto aún. A la salida se comenta sobre una fiesta de inauguración del curso con los alumnos de fisioterapia de 1º, 2º y 3º, para dar la bienvenida a los nuevos (excusa para salir todos y pillarse el pedo del siglo). Se organiza el evento para este jueves, y será la primera fiesta universitaria de mi facultad a la que acuda.

Me engancho los auriculares y emprendo el regreso a casa. A mediodía el metro está repleto y no hay ni sitio para sentarse ni apoyarse. Sólo queda permanecer de pie en mitad del paso agarrada a una barra. Siempre me habían gustado estos momentos, porque jugaba a imaginar lo que pasaba por la cabeza de la gente. Ahora el juego ya no tiene ningún misterio para mí. Simplemente se agradecería que todo el mundo fuera a su bola. Pero no es así; algún día me tendré que acostumbrar a llamar la atención, ya que no es algo que pueda evitar.

Entre tantas caras hay una que destaca. No es el más llamativo ni el más atractivo, pero tiene un encanto especial. Me mira como si me hubiera reconocido, y parece reprimir un intento de acercarse a mí. Me arranco un auricular de la oreja y presto atención para buscar dentro de su mente. Hay demasiado jaleo, así que intento aislar aquella voz que suene diferente, aquélla que resalte por encima del resto. Apenas logro distinguir un murmullo incomprensible, el tren se para, se abren las puertas y el individuo en cuestión se baja del vagón. Sin pensarlo dos veces, intento atravesar la multitud para salir yo también, pero las puertas se cierran delante de mis narices, mientras la espalda de aquél chico se aleja hacia las escaleras. "¡Gírate! No me decepciones y date la vuelta. ¡Mírame!". Se para en seco, gira la cabeza unos treinta grados, sin llegar a mirar en mi dirección, y retoma su camino.

No me queda más que volver a casa como si nada hubiera pasado, y fingir que como, y fingir que soy una chica normal. Por suerte, no me preguntan qué tal el primer día del curso. Me encierro en mi habitación para recapacitar sobre los acontecimientos de los últimos días. No dejo de sorprenderme.

Enciendo el ordenador y busco en Google algo acerca de los vampiros. Esto no es como en las películas, que todo el mundo encuentra sus respuestas a hechos sobrenaturales en Internet... Yo apenas consigo leer una sarta de idioteces que poco tienen que ver con la realidad, además que nadie cree realmente en nosotros.

Sigo buscando... Pero nada. Lo más interesante que encuentro es un chat para vampiros. Entro por curiosidad. Nick: Debb.... no, demasiado obvio. "Swan" es un buen nick. Aunque muchos pensarán que va por la protagonista de aquel insulto a nuestra raza que se hace llamar Crepúsculo, en realidad me gusta más Elisabeth Swan, de Piratas del Caribe. Le doy al intro, pero me dice que el nick que seleccioné no está disponible. Ya me extrañaba a mí... Tras varios intentos, al final consigo acceder como "Juana de Arco". No preguntéis a qué viene el nombre, porque ya me empezaba a quedar sin imaginación. Aunque algo en común tengo con ella: ambas estamos muertas, en cierto modo.

Nada más entrar, un tal "Blade" me abre una conversación privada. Tras hablar con el un instante ya comprendo que el 99% de los usuarios conectados a este chat son mortales corrientes. El otro 1% soy yo. De todos modos, este juego de roleo tiene su gracia. Aquí os dejo el resultado final de la conversación:

Blade: No sabía yo que Juana de Arco fuera una vampiresa.
Yo: Los vampiros de verdad lo son porque nadie los conoce. Si así fuera, estaríamos todos muertos, ¿no crees?
Blade: Vaya, así que no eres una farsante...
Yo: Según lo que entiendas por farsante. Si tenemos en cuenta que vivo un papel en la sociedad que en nada se corresponde con mi verdadera naturaleza, sí que soy una farsante..., ante la sociedad corriente.
Blade: Curiosa perspectiva. ¿Qué edad tienes?
Yo: ¿Acaso esa pregunta tiene algún sentido en un ser inmortal?
Blade: Cierto, tienes razón... ¿De dónde eres?
Yo: De transilvania, jajaja
Blade: Jajajaj Eres divertida. Seguro que también eres muy guapa.
Yo: Vaya, te veo acostumbrado a esto...
Blade: ¿A qué?
Yo: A ligar en chats.
Blade: Vaya, me has pillado... ¿Me vas a chupar la... sangre?
Yo: Nunca he probado la sangre de otro vampiro.
Blade: Nunca es mal momento para empezar.
Yo: ¿Dónde tengo que ir, entonces?
Blade: C/ XXXXXXXXX Nº XX
(no os interesa dónde vive, sólo deciros que a unos 20 minutos en coche)
Yo: ¿Es en serio o me tomas el pelo?
Blade: Ven y lo compruebas.
Yo: Ahora mismo.
Blade: Aún es de día, queda media hora para el anochecer... No querrás morir, ¿no?
Yo: Jejeje Sí... Cierto... Gracias por recordármelo.

Después de esto nos quedamos en silencio 25 largos minutos. Miro al cielo y ya está oscuro. Gozo de mis poderes. Concluimos la conversación:

Yo: Voy para allá. Deja la ventana abierta.
Blade: Me pone que me hables así.

No vuelvo a responder. En dos minutos estoy llamando a la puerta de su casa. "¿Quién es?", "Soy Juana, ¿me dejas entrar?".

Abre la puerta y se queda alucinando. Acaba pensando que en realidad yo vivo por allí cerca y que ésa es la razón por la que he sido tan rápida. No deja de repetir que no se equivocaba conmigo y que soy un bombón. Él... Bueno, no es gran cosa. Veintitantos años, un poco emo. Alto, moreno y delgado, tiene cara de muerto.

Me enseña la casa, todo un formalismo. Llegamos a la habitación y lo tumbo en la cama. Se queda paralizado, y es ahora cuando creo que empieza a comprender que yo sí que iba en serio. Me acerco a darle un beso, mientras incrusto mis afilados dientes en sus labios. Tras una mueca de dolor por su parte, continúa como si aquella sensación le diera placer. Algo normal en mis víctimas. en momentos como éste resulta complicado pensar, pero con los días me estoy volviendo más cauta. Si lo desangro a base de mordiscos delato que existe algo como yo. Empiezo a desnudarle, y utilizo su ropa para atarlo al cabecero de la cama. En lo que dura un pestañeo voy y vuelvo de la cocina con un cuchillo afilado en la mano. Al verlo, sus ojos empiezan a mostrarse llenos de terror, y su boca delata un chillido inminente. Mi mano veloz consigue sellar sus labios, mientras la otra apuñala el pecho del muchacho no muy cerca del corazón para no matarlo tan deprisa.

Lamo la herida y empiezo a tragar lo que entra a mi boca. Demasiada sangre de golpe, éste no durará mucho. Mis sentidos están demasiado confusos, tan sólo el olor y el sabor los percibo en inmensa magnitud... Poco tiempo después, el corazón deja de latir. Salto por la ventana y vuelvo a casa. De camino siento un hormigueo en la palma de la mano. Un bocado profundo que se cura a una velocidad de vértigo. El muy hijo de perra me ha mordido...

miércoles 11 de noviembre de 2009

18 de septiembre de 2009

Una brisa fresca sacude mis mejillas. Despierto y abro los ojos. Me encuentro tan sumamente cansada... Aún es de noche, aunque no debe quedar mucho para el amanecer. Los pájaros cantan ya, y me hago cada vez más consciente de dónde estoy y por qué.

Miro a mi alrededor... No hay nadie. Ni una mísera rata por las cercanías. No puede ser, yo anoche..., no estaba sola. O eso creo. Todo es tan confuso... Apenas tengo fuerza para ponerme de pie, ¿cómo voy a ser consciente de que mis recuerdos no han sido una fantasía?

Todo está en silencio. Mis finos oídos no perciben más que apenas el movimiento de la vegetación por el viento. Cierro los ojos y trato de concentrarme. No percibo mucha vida en torno a mí, y comienzo a escuchar y sentir mi propio cuerpo. Mi corazón late detenidamente y sin fuerza, mi piel está fría y mis dedos amoratados; mis labios se agrietan, y mis ojos luchan a capa y espada por volver a abrirse. No es la primera vez que me siento así. Ya me había pasado, una noche que no me alimenté. Tal vez me encuentre en este estado por haber servido de alimento a aquél muchacho que ahora me ha abandonado. ¿Dónde está Clara en momentos como éste? Me siento desfallecer...

Despierto en una cama de hospital, enchufada a un montón de máquinas y cables, con una vía introduciendo sangre en mis venas. Alguien me habrá traído hasta aquí... Intento ponerme en pie, pero un enfermero viene corriendo a devolverme a la cama. Me encuentro tan débil aún...
-¿Qué hago aquí?
-Te encontraron tirada en el campo inconsciente, y llamaron a una ambulancia... Has tenido mucha suerte, necesitabas sangre urgente, no sé cómo habrás perdido tanta.

Un señor no muy mayor se acerca a mí. Está triste y enfadado, demasiado confuso.
-Salí a buscar a mi hijo... anoche no volvió a casa. Le gusta meditar en el lugar en el que te encontré..., pero no estaba allí.
-Vaya... Lo siento, de verdad.
-La policía le está buscando. ¿Tú no le habrás visto? -hace una pausa, durante la cual reina el silencio entre ambos. Mi cabeza realiza un gesto negativo automáticamente, y su expresión de tristeza aumenta -Me alegra que te estés recuperando, chiquilla.

El hombre se va, y me quedo sola, con mi vía y mi sangre, mis sábanas blancas y mi ridículo camisón de enferma. Mi ropa está apoyada sobre una silla al lado de la camilla. Me arranco los cables y me levanto, me encuentro bastante mejor. Oh, mierda... No hay forma de cerrar mis pantalones, los han rajado de arriba abajo para intentar salvarme la vida. No sé si darles las gracias o no, de verdad. Intento aprovechar lo poco servible que me han dejado y cogo el reloj y el teléfono móvil. Son las 11 de la mañana, y tengo cinco llamadas perdidas de mamá. Estará que trina, sólo espero que nadie le haya dicho nada de dónde estoy...

Vaya mierda de hospital, se escapa una paciente que hace pocas horas luchaba por seguir viva y nadie la frena. A nadie le importa, realmente...

La puerta de entrada está llena de marginados fumadores tomando un respiro y contaminando un poco más sus delicados pulmones mortales. Me acerco a uno de ellos, joven y atractivo, que termina de apurar el filtro y dirige su mirada hacia mí para prestarme atención. Le pregunto por alguna estación de cercanías medianamente cercana... Sí, lo sé, es patético, pero a estas horas no dispongo de mi velocidad sobrehumana ni tengo coche ni sé conducir, no puedo volar, y lo único que puedo hacer es meterme en un tren que me deje cerca de casa. El tío me mira de arriba abajo con ojos incrédulos, y acto seguido suelta una carcajada...
-¿De dónde sales, muchacha?
-Bueno... He tenido una mala noche... Tengo que volver a casa.

¿Habéis visto la película de Shrek? Pues en mi mente no puedo evitar descojonarme al acodarme del gato con botas y sus ojos de pena... Pero sólo en mi mente, ya que desde fuera mi imagen es la misma que la del gato, con ojos brillates; sólo me faltan las orejas hacia atrás... Por suerte, en el mundo aún quedan buenas personas, capaces de ayudar a monstruos como yo sin pedir nada a cambio:
-Venga, que te acerco nena, no vaya a ser que te dé otro patatús y no haya nadie cerca...
-Gracias, de verdad...

Me dirige hacia una pequeña tartana gris aparcada no muy lejos de allí. Me abre la puerta del copiloto, mientras me pregunta a dónde me tiene que llevar exactamente. "A Fuenlabrada", le respondo tímidamente. Arranca el motor y emprende el camino. No es muy hablador, pero no me siento demasiado incómoda. Sólo me da rabia tener que recurrir a esto, pudiendo haber vuelto a casa cuando debía, en vez de apiadarme de mi cena.

No debe quedar mucho para llegar, cuando me pide que le vaya guiando, sobre todo una vez dentro del pueblo. Me apeo en la rotonda que hay justo debajo de casa, y le doy las gracias de nuevo. Según estoy cerrando la puerta, me advierte: "Ten cuidado", y cuando me estoy alejando, con la ventanilla abierta me grita: "¡No nos expongas de esa forma!". Sale disparado el coche sin darme tiempo a volverme para preguntarle qué quiso decir...

Realmente, no termino de entenderlo... "No nos expongas de esa forma"... ¿A qué se referirá? ¿Me lo diría a mí?

Subo a casa, y me toca la bronca de la sargento... Con el cansancio que aún siento, no es difícil fingir el final de una borrachera o el comienzo de una resaca. Es lo normal a mi edad, ¿no? Recojo el salón y la cocina, limpio el baño y bajo a comprar, todo para tenerla contenta... Es viernes a mediodía, y aún me quedan muchas horas para poder volver a salir a beber.

Tras la comida en familia, me voy a la cama a terminar de descansar, que falta me hace. Sueño con el muchacho de anoche, y con los tubos y las vías del hospital. Me despierta el teléfono a eso de las 8 de la tarde. Esta gente de Movistar no descansa nunca, no pierden la esperanza. ¡Que no! ¡No quiero cambiarme de compañía, gracias! A veces parece que no hablamos el mismo idioma.

Me levanto de la cama y me meto a la ducha. Me siento sucia, así que froto con fuerza. Me planto algo de ropa y salgo de cacería. Nada especial, puro instinto... A la que vuelvo me meto en la cama de nuevo... Intentaré pasar desapercibida unos días.

martes 3 de noviembre de 2009

17 de septiembre de 2009

Me levanto de la cama sin ganas. Sé que voy a ir para nada. No tiene ningún sentido, pero he de hacerlo, si no quiero levantar sospechas...

Llego a la consulta, y finjo una gran sorpresa cuando la recepcionista me informa de que Héctor no ha acudido hoy al trabajo.
-Oh, vaya. ¿Le ha ocurrido algo?
-No, sólo está enfermo, se incorporará mañana o el lunes -responde ella. ¡Será cínica! ¿Cómo va a volver a trabajar si está muerto? Tal vez no quieran que nos preocupemos y nos ponen un suplente...

Así por lo pronto... Yo me vuelvo a casa a disfrutar uno de los pocos días de vacaciones que me quedan...

Cama, música, pelis... La tarde transcurre bastante deprisa. Pronto el día cálido y agobiante da paso a una noche despejada de brillantes estrellas en el cielo. No me quedo en casa para contemplarlas, pues con la contaminación lumínica de la ciudad apenas se distinguen cuatro puntos lejanos.

Desde la sierra hay una vista genial. Oscuridad, silencio... Abrigada por un manto de astros me tiendo sobre una roca y cierro los ojos. Es todo tan perfecto... Me viene una oleada de romanticismo a la cabeza: la luna, las nubes, la brisa, la naturaleza... Siento unos brazos protectores en torno a mí, que me agarran por la cintura como si fuera lo más valioso para ellos. Abro los ojos y esta viva sensación se esfuma. Era sólo producto de mi imaginación... o de mis recuerdos. Mis recuerdos de cuando era humana, y amaba, y necesitaba alguien a mi lado. Cuando la vida no era sólo sangre y sexo. De hecho, si me planteo esto a estas alturas..., ¿será que esa parte no ha desaparecido de mí?

Un crujido entre la maleza me extrae de mis divagaciones. Probablemente fuera el viento. O algún animal de campo. Soy el mayor depredador sobre la faz de la tierra, no hay que tenerle miedo. Pero lo tengo. La verdad es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan perdida y asustada. ¿Qué va a ser de mí a partir de ahora?

Oigo una piedra chapotear sobre un estanque cercano. Alguien la ha rojado a modo de rana. Me acerco al lugar de donde vino el sonido. Un niño de no más de 13 años está llorando sentado al pie de un árbol. Mi anterior sentimiento de soledad y tristeza aumenta conforme disminuye la distancia que me separa de él. Entro en su mente más directamente: ha discutido con su novia y siente que el mundo se le cae encima; no quiere perderla, y teme no saber seguir adelante si la pierde. No puedo reprimir una lágrima que asoma a mis ojos mientras el muchacho me contempla repleto de curiosidad. No comprende qué motivos puedo tener para estar allí tan sola, en un lugar tan oscuro y tenebroso.

No le digo nada; ni él a mí. Tan sólo nos acercamos y nos fundimos en un cariñoso abrazo. Un abrazo maternal por mi parte, consolador. Su corazón se relaja y deja de llorar su alma. Ya está todo a punto de acabar, soy la solución a su mal. Perforo su delicado e inmaduro cuello con mis incisivos, y sello la salida de sangre con mis labios. El dolor va desapareciendo poco a poco. Sólo permanece el miedo..., delicioso terror. Ya no hay tristeza en mi interior. Ya no me siento sola, ni añoro unos brazos que me cobijen ni me amen. Todo fue una conexión empática con el cuerpo del chico que ahora yace en el suelo junto al estanque. Lo cojo en brazos para meterlo en el agua, pero... creo que aún respira. Lucha con todas sus fuerzas para seguir con vida. Su corazón apenas es capaz de impulsar sangre suficiente para mantener su cerebro activo; si sobrevive es probable que le queden graves secuelas neurológicas. Abre los ojos y los fija en mí; no suplica compasión, ni me pide que acabe ya con su vida. Simplemente me mira, como mira un bebé de dos meses a su madre sin ni siquiera saber qué es aquello que reciben sus retinas.

En cierto modo, desde el principio estuve muy unida psíquicamente a él... No lo pienso más veces. Me siento en el suelo, recostándolo sobre mis piernas, me realizo un corte en el antebrazo y le doy de beber. Estúpidamente por mi parte, le coloco la herida en la comisura de los labios, pero él no hace nada... Exprimo mi líquido vital dentro de su boca, y observo cómo su cuerpo va recuperando todo su color. Agotado él y exhausta yo, pasamos la noche dormidos en aquél paraje, abrazados, uno al lado del otro...

sábado 19 de septiembre de 2009

16 de septiembre de 2009

Hoy toca vuelta a la consulta. Aunque sólo sea por dar el paseo, debo recordar que todo esto lo hago por mamá.

Llega mi hora, y entro como de costumbre. Se extraña de verme.
-No esperaba que fueras a venir.
-Me puedo marchar por donde he llegado.
-No te preocupes, siéntate. Y explícame... ¿Qué medio de transporte usas?
-Siempre vengo a pie. ¿Por qué lo dices?
-¿Y para llegar de mi casa en Pinto a Fuenlabrada en apenas dos minutos?

Sinceramente, no esperaba que me saltara con ésas. Automáticamente, recuerdo aquella fotografía del primo Gorka. Con unos años más se puede parecer al tipo que había anoche esperándome en la puerta de casa.
-¿Me estás espiando?
-¿Yo? Eso está muy feo... No podría.
-Bueno, sabes que nadie te creerá si dices nada. Y que ahora mismo podría acabar contigo si quisiera.
-Adelante, haz lo que quieras. Pero no creo que sea la mejor ocasión. Hay testigos ahí fuera que te han visto entrar- Yo contaba con ello. No me ha servido de nada meterle miedo -¿Cómo lo haces?
-No es asunto tuyo.

Entre nuestras voces logro distinguir un ruido ambiente que no estaba las anteriores sesiones. No es del ordenador ni de la fotocopiadora, ni de la luz... Afino el oído, le abro el cajón medio del escritorio y extraigo una grabadora de dentro. Con una mano la hago añicos y me la guardo en el bolso; ya la destruiré cuando salga de aquí.

-No me malinterpretes -continúa él-, no soy ninguna amenaza. Déjame comprenderte, conocerte. Por favor.
-¿De qué va todo esto?

Me introduzco en su mente. Realmente no hay ninguna mala intención en él. Dice la verdad, sólo quiere saber qué soy y por qué. Le gustaría ser como yo. Además, la atracción que siente por mí es inmensa, aunque es bien consciente de que es tan sólo fruto de algo mágico que poseo, que descubrió al mirarme a los ojos. Es homosexual; lo descubrió a los 12 años. Es eso en parte lo que le llevó a descubrir que algo raro se cocía en mí.

-Eso, y que no me terminé de creer tu historia -no sé a cuento de qué ha venido esa intervención.
-¿Perdón?
-Sé exactamente lo que estás pensando. Recuerda que llevo unos días conectado a ti. No sé cómo ni por qué. No me había pasado antes, desde que tenía 5 años y veía a través de los ojos de un asesino -Recuerda con cierto dolor.- Pero lo tuyo es... ¡es asombroso! Puedo sentir lo que tú sientes, entiendo lo que estás pasando.

Me deja sin palabras. No sé qué pensar, ni cómo actuar. No lo veo necesario, cuando se acerca a mí y sin ningún escrúpulo me rodea con sus brazos y me funde en un profundo beso. No intento evitarlo, lo dejo suceder. De algún modo él está conectado a mi mente y yo si quiero puedo hacerlo a la suya. Se crea un círculo vicioso que multiplica todo tipo de sensaciones. Por poneros un ejemplo muy esquemático: siento lo que cualquiera siente con un beso, más lo que él siente por sí mismo, más lo que le transmito yo de lo mío y lo suyo, y así sucesivamente. Si esto ocurre con un beso, no quiero ni pensar...

Efectivamente, no pienso. Me dejo llevar por la situación. Cuando quiero ser consciente de algo nos hemos quitado la ropa y me encuentro sentada en su mesa con él de pie enfrente de mí. Desliza sus labios lentamente por mi pecho, jugando con la lengua a su paso. Sigue bajando y se detiene en el ombligo. Yo me dirigo a su cuello y le empiezo a oler. Respiro fuerte para que sienta mi aliento, y lo beso pasionalmente por un lado, y luego por detrás. Está nervioso. No sabe lo que voy a hacer con él, pero no se siente asustado. Sabe que ardo en deseos de comérmelo aquí mismo.

Me agarra firmemente de la cintura con sus manos, y me empuja hacia él. Nuestros genitales quedan a la misma altura, e introduce el suyo lentamente, disfrutando cada instante. He de reconocer que para no tener experiencia con mujeres no se le da nada mal; aunque quizás tenga que ver con que sabe en todo momento lo que quiero y cómo, y la sensación que eso produce en mí. Le miro fijamente a los ojos, e interpreto lo que quieren expresar; es exactamente lo que yo quiero, de modo que le realizo una pequeña incisión con los dientes por encima de la axila, y empiezo a beber. Este gesto nos excita aún más a los dos. Siento cómo su corazón empieza a acelerarse más de la cuenta, sus ojos se quedan en blanco y no tiene fuerzas para seguir. No sé cómo no lo pensé antes: el cuerpo de un mortal no está preparado para este tipo de sensaciones tan intensas. Me aparto y observo cómo evoluciona; su cuerpo está rígido, sus músculos siguen contraídos a causa del éxtasis. Ha tenido un orgasmo tan intenso que ha estado a punto de matarlo. Le dejo aire y espacio, mientras me pongo la ropa. Parece que recobra el conocimiento. Está confuso, pero al verme comprende lo que ha pasado. Nos despedimos hasta mañana. Sé que no dirá nada.

Llego a casa y me vuelvo a la cama. Esta vez no consigo dormir. No sé si esta situación que estoy viviendo ahora será peligrosa. Tal vez deba acabar con ella. Hago tiempo hasta que llega la noche.

Llego a su casa en Pinto y espero a que alguien abra el portal, puesto que en esta calle tan concurrida no puedo trepar sin ser vista. Subo las escaleras y llamo al timbre de su casa. No responde. Me introduzco por debajo de la puerta. No parece haber nadie . Llego al dormitorio, y ni rastro. Miento. Encima de la cama tiene colocada la ropa que llevaba puesta esta mañana. A casa ha llegado. Me dirijo al baño. Efectivamente, allí lo encuentro, tirado en la bañera con el cuello mordido y desangrado. Es igual que cuando lo hago yo, pero mucho más cuidadoso y más limpio. Sólo ha podido ser ella, que está siempre velando por mí y protegiéndome. Una nube de humo sale por la ventana y se pierde en el cielo. Era Clara, seguro. La sigo como puedo. Hace parada en una casa no demasiado lejana, y se materializa allí mismo. Yo me mantengo al margen, aunque estoy segura de que sabe de mi presencia. Hay un tipo sentado viendo la televisión. Es el primo Gorka. Era de suponer que vendría a por él, es bastante probable que sepa de mi existencia sobrehumana. Clara se acerca, ante la mirada incrédula del pobre hombre. Su voz dulce sale de su garganta con un encanto que ya casi había olvidado:
-No te quedes ahí. Éste es para ti.

Está claro que se dirige a mí. Me materializo yo también y devoro el cuerpo inmóvil de Gorka. El poder hechizante de Clara es mil veces superior al mío. Hasta yo hay veces que me quedo hipnotizada contemplándola.

Una vez cesan los latidos del corazón, me relamo y me giro en busca de aquél encanto de muñeca. Ya no está; se ha esfumado, de manera que no pudiera seguirla. Ha sido tan fría... Regreso a casa, a meditar sobre lo sucedido hoy. Por lo pronto, mañana tendré que volver a la consulta y hacerme la sorprendida cuando me digan que Héctor no volverá.

15 de septiembre de 2009

Suena el despertador. Hoy vuelve a tocar cita con el loquero. Desayuno, me visto y voy andando tranquilamente a la consulta. Llega mi turno, y me siento cómodamente en el sillón. Se coloca a mi lado y me pregunta cómo me encuentro hoy. Le respondo que un poco mejor, y sigo con mi pequeña historieta que anduve inventando de camino hacia aquí.

Me escucha muy concentrado, sin dejar de mirarme a los ojos. A veces tengo la extraña sensación de que más que concentrado lo que está es ausente, mirando a través de mí y sin escuchar una sola palabra de lo que le digo. Para comprobarlo, continúo en el mismo tono que llevaba: "Y entonces una girafa de chocolate me preguntó a dónde iba con esa cestita". Su expresión sigue siendo la misma, y queda confirmado. No me escucha. Me callo, permanezco unos minutos en silencio esperando a que se percate.

-Supongo que esta sesión no me la cobrarás -salto, elevando el volumen normal de voz. Parece que por fin sale de su trance.
-Perdona, no sé qué me ha pasado...
-¿Te encuentras bien?
-Sí, bueno... No he dormido muy bien, ¿sabes? Pero bueno, no sé qué hago contándote esto, seguramente te importe más bien poco.
-No es necesario estudiar una carrera de cinco años para aprender a escuchar y ayudar a la gente.
-Te lo agradezco... Pero no me hagas la competencia, ¿vale?- bromea. Parece que ya se encuentra mejor.
-Si quieres postponemos esta sesión hasta mañana... Creo que será lo mejor.
-¿No te importa?
-Para nada -cojo mi bolso y mi cazadora, le doy un beso en la mejilla y me dirijo a la puerta.
-Soñé contigo.
-¿Perdón?
-Anoche... Tuve pesadillas en las que aparecías tú. Venías a consulta como un día normal. Te transformabas en una especie de monstruo y me comías vivo.
-¿Y tú eres el psicólogo? Eso es por la broma de los vampiros... Se te quedó grabada y tu inconsciente la sacó en tus sueños.
-Cierto... Seguro que es eso. Pero es que era tan... tan realista... tan agobiante...

Me acerco a consolarle. Me siento a su lado, y con el dedo índice de mi mano derecha en su mentón dirijo su mirada hacia la mía.
-¿En serio piensas que tengo cara de monstruo? -le pregunto, mientras sonrío.
-No, para nada... -responde, y se muerde el labio inferior.
-¿En qué piensas?
-En que me apetece besarte.

Sonrío, le dedico un "hasta mañana", y salgo hacia la calle. Hace bastante viento y está el tiempo lluvioso. Me veo reflejada en los coches, y mi pelo sigue impecable. A veces se me olvida que ya no poseo los defectos físicos que tenía antes; mi pelo está siempre perfecto, mi cuerpo se va esculpiendo, mis rasgos faciales son más finos y precisos... Pero tiene que haber algo más. Antes tenía que esforzarme mucho más para atraer a los chicos, y últimamente parece que caen hechizados automáticamente al verme.

Llego a casa y me vuelvo a la cama. Me despierta mamá a la hora de comer. Tengo una llamada telefónica. Es el psicólogo, que disculpe su comportamiento de esta mañana, que no volverá a pasar. Y que mañana me espera a la misma hora. Tanto madrugar para nada va a acabar conmigo.

Paso la tarde sentada enfrente del ordenador, pensando en por qué hace tanto tiempo que no sé nada de Clara. ¿Le habrá pasado algo? Recuerdo todas las habilidades que gané al convertirme en lo que sea que soy ahora, y pronto rechazo la idea de que a ella le hayan podido ir mal las cosas. Tal vez simplemente se haya olvidado de mí.

Pensar en esto me apena bastante, así que busco algo en lo que mantener la mente ocupada. Me conecto a cinetube para ver alguna película. "La naranja mecánica" me parece una buena elección. Malditos 72 minutos máximos de megavídeo que me obligan a ver la película fraccionada. De todos modos, no es tan interesante como imaginé. Llamadme rara, pero no me gusta. Se me corta el argumento cuando el protagonista se convierte en un niño bueno, y se me devuelven las tripas. No esperaré para enterarme del final, la verdad es que me importa poco.

Abro Tuenti y empiezo a responder comentarios y mensajes que me han llegado. En estas ando liada, cuando me trae mi hermano el teléfono; es para mí:
-¿Diga?
-¿Debbie? Soy yo otra vez, Héctor...
-¿Perdón?
-Tu terapeuta.
-Ah, sí, dime.
-Tengo que verte, es urgente. ¿Puedes reunirte conmigo a las 10? Paso a buscarte, no te preocupes. Tengo tu dirección en la ficha -¿A qué vendrá tanto misterio?
-Vale, pero me estás asustando. ¿Ha ocurrido algo?
-Nos vemos entonces. Hasta luego- concluye, y cuelga.

No ha respondido a mi pregunta. Lo he notado un poco alterado. ¿Por qué me llama a mí? ¿Se toma esas confianzas con todos sus pacientes? Bueno, son ahora las 9, debería ir cenando (sí, mamá me sigue obligando) y dándome una ducha.

Da la hora, y salgo de casa. Uso la puerta, como haría cualquier persona, y bajo en ascensor. Es un medio que resulta bastante lento, pero tengo que andarme con cuidado. Llego abajo y él aún no está. Me toca esperarlo: cinco, diez, quince minutos... Un coche negro para en la calle a mi lado y suena la bocina. Es él. Me subo en el asiento del copiloto y echa a correr.

-¿Te importa que te lleve a mi casa?
-¿Haces esto con todos tus pacientes?
-Sólo con los que tienen unos ojos tan misteriosos -bromea. ¿O tal vez no? ¿Será ésa la clave que buscaba yo esta mañana?

Conduce hasta Pinto y aparca el coche en una calle ancha y concurrida. Desde allí, andamos unos metros hasta su portal. Subimos, un segundo piso sin ascensor, y abre la puerta. La casa parece un catálogo de Ikea en vivo. Un salón en rojo y negro con sillones ultra grandes y mesas hípermodernas. Me da permiso para visitar el resto de estancias. Un único dormitorio, estilo oriental, con una cama baja y un armario tipo japonés; las cortinas color crema repletas de kanjis y escritura kana (katakana, usada en el idioma del país del sol naciente para escribir extranjerismos o resaltar palabras). Un gran espejo enfrente de la cama rompe todo el posible feng shui de la habitación.

El cuarto de baño es más grande que mi propia habitación. En un estilo rústico, posee una ducha de hidromasajes y un pequeño jacuzzi biplaza. Finalmente me dirijo a la cocina, donde se encuentra mi anfitrión. Parece que está terminando de cocinar algo, pero aún así la mantiene impecable.
-Espero que te guste la cocina italiana.
-Si te digo la verdad, ya comí antes de salir de casa.
-Oh vaya, menuda metedura de pata por mi parte.
-Si te hace ilusión puedo probarla. ¿Forma esto parte de la terapia? -me río. Parece como si mi madre y él se hubieran compinchado para hacerme coger unos quilos.
-No te preocupes, más para mí.

Se sienta a la mesa a comer, y yo espero tirada en el sofá hasta que termina. La verdad es que tiene una pinta... Añoro los tiempos en que disfrutaba de la comida, y no me importaba cenar dos veces. Mientras termina, empiezo a curiosear las fotos colocadas por la casa. Según me voy parando en una u otra, él me comenta: "Esa foto es de hace diez años, de pesca con mi tío Fermín", o "Ése es mi primo Gorka, y ése otro un compañero de la facultad".

Recoge la mesa, y se sienta en uno de esos sillones reclinables.
-Bueno... ¿Qué? -mi tono de voz suena borde.
-Esta mediodía cuando te llamé... Llevaba un rato soñando despierto contigo.
-Vaya obsesión que tienes.
-Sabía exactamente qué ropa llevarías puesta ahora. También supe que estabas dormida en ese momento. Y por cierto, La naranja mecánica es una película cojonuda.
-Eso lo dices tú porque eres psicólogo. Pero no creo en el condicionamiento clásico hasta ese nivel.
-Es perfectamente discutible lo que me dices, pero no te he traído para hablar de eso. De algún modo, me siento psíquicamente conectado a ti. No sé hasta qué punto es una obsesión en vez de una realidad. Eres especial.
-¿Y adónde quieres llegar?
-Quiero comprender lo que pasa. ¿Tienes algún tipo de superpoder o algo que merezca la pena saber?
-Vale, ya he oído suficiente. No he venido aquí para que te rías de mí. Buenas noches -me hago la indignada y abro la puerta de la calle.
-¡Espera! -me sujeta del brazo- No era mi intención ofenderte.
-Juegas a urgar en la cabeza de los demás y decirles cómo tienen que llevar su vida, pero aquí el único loco eres tú.
-Por favor, no te vayas.

Le ignoro. Bajo las escaleras y en dos minutos ya he llegado al barrio. Aparezco tras unos cubos de basura y me dirijo hacia casa. Es apenas medianoche, y hay un señor sentado en uno de los bancos de enfrente de mi portal. Me resulta familiar, pero creo que no es de aquí. Me mira fijamente unos segundos y saca su teléfono móvil del bolsillo. Ahora finge que no estoy y le veo hacer una llamada. Mierda, se me había olvidado cenar hoy. Y este tipo está tan a huevo... Pero no, aquí tan cerca de casa no me parece una buena idea. Doblo la esquina al edificio para que no me vea y echo a correr en dirección norte.

Llego a Madrid, y me cuelo en una casa cualquiera. Parece que está vacía. Oigo unas llaves al otro lado de la puerta de entrada. Alguien está abriendo. Una chica joven y borracha cruza el umbral y llega al salón principal. Yo estoy escondida detrás de una cortina. No paro de oír risas tontas, y veo detrás de ella a un tipo bastante chulo que la lleva hacia el dormitorio. Les sigo sigilosamente y espero entre a las sombras mientras practican el coito. Ella está que no se entera de mucho. Se quitan la ropa y él le pide una felación. Ella se la hace durante un tiempo, y luego le pide se ponga un preservativo para llegar hasta el final. Apenas unos minutos y el chico ha terminado, se levanta y se va al baño. Estúpido, ni siquiera se ha dado cuenta de que hace un rato que ella se quedó dormida.

Se mete en la ducha y entro yo detrás. La mampara es translúcida y no se distingue lo que hay al otro lado. Me confunde con ella, y me empieza a alabar la sesión de sexo. Desde luego, cuanto más aparentan por fuera, menos dan en la cama. Qué asco de hombres, de verdad. Espero en silencio de pie enfrente de la ducha. Cuando termina y abre la puerta de la mampara se soprende de verme allí, pero con el ciego que lleva no es consciente de que una intrusa se ha colado en su casa y está a punto de acabar con su vida. No hay adornos esta vez; no haré ningún tipo de interpretación. Simplemente lo sujeto y le rebano el cuello de un mordisco. Un imbécil menos en el mundo. No hay mucho que limpiar, da gusto cuando mueren desangrados tan limpiamente. Regreso a casa y me meto en la cama.